Matías Valenzuela ss.cc.

Matías.jpgMe llamo Matías, la verdad es que me gusta escribir mi nombre con minúsculas, y mi nombre completo es Matías Álvaro Valenzuela Damilano – este último es mi ancestro italiano, venido del Piemonte, a inicios del siglo XX – y soy chileno y quiero harto mi país, aunque he aprendido a querer otros lugares y culturas. Tengo 43 años y nací al lado del mar, en la ciudad de Viña del Mar, que está junto al puerto de Valparaíso, donde también crecí.

Soy religioso de la Congregación de los Sagrados Corazones y vivo en una comunidad que está en una población de la ciudad de Santiago, en la comuna de La Granja. En el sector de la Parroquia San Pedro y San Pablo, donde vivió el Padre Esteban Gumucio. Son barrios de la periferia de la ciudad, con pasajes angostos donde la gente se saluda al caminar y se hace presente el rostro de los pobres, de los niños, de los ancianos y de los jóvenes, a quienes Esteban tanto quería. Trabajo también en un colegio de la Congregación, que se llama SSCC de Manuqhue, que en lengua mapuche significa lugar de cóndores, y hago clases en la Universidad Católica, es un optativo teológico para estudiantes de distintas carreras, lo cual ha sido un hermoso desafío.

De Esteban me atrae su alegría y su fe o lo que es lo mismo, su alegría creyente, de saberse amado por un Dios que se goza dando vida, a través de todo lo creado. Me atrae su amor por los más pobres y su incansable búsqueda de estar cerca de todos, sin excluir a nadie, haciendo suyas las luchas y las opciones de los más pobres. Me atrae su espíritu religioso y comunitario, que se juntan en una la amistad entrañable con Jesús. Me atrae además, y creo que es expresión de lo anterior, su capacidad de mirar la realidad con los ojos de un niño anciano, que a la vez mira todo como si fuera nuevo y a la vez con la sabiduría del amor que pasa por los años. Su poesía está traspasada de sencillez y del mirar de Dios.

En cuanto a la literatura, me doy cuenta que cada vez me interesa más, es como descansar y a la vez explorar y viajar y conversar. Me cuesta indicar un solo libro como mi favorito. Así como Pablo Bernal también me incliné un buen tiempo por la literatura fantástica y ahí un autor que me marcó fue Michael Ende – autor de Momo y la Historia Interminable y el Espejo en el espejo – así como Tolkein, Lewis, con sus maravillosas Crónicas de Narnia, y Antoine de Saint Exupéry. También he disfrutado mucho la literatura de aventuras y caballeresca como la producida por Verne, Dumas y Reverte. Luego he derivado y buscado leer de todo y valorar todo, pero quisiera recomendar tres títulos que para mí han sido definitivos: La ciudad de la alegría de Dominique Lapierre,  Los Miserables de Víctor Hugo y la Divina Comedia de Dante Alighieri. Podría decirse que en las tres obras hay un “descenso a los infiernos” en un viaje orientado por la búsqueda del amor y de la vida y donde el encuentro humano está sellado por la ternura y la libertad.

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