Los enormes cielos de Norfolk

el

Por Pablo Bernal ss.cc.

Parto con una observación: la novela de Kazuo Ishiguro es bastante inclasificable. No es una novela romántica a pesar de que tenga un triángulo amoroso, ni es una novela costumbrista aunque nos describa la vida de unos niños de internado… ni es tampoco es una novela de ciencia ficción aunque sus protagonistas sean clones.

Empiezo señalando lo que para otros puede resultar obvio, porque a mí me costó enterarme. Empecé a leer Nunca me abandones como una obra de ciencia ficción, y debo confesar que me sentí decepcionado por lo poco ficticio de su planteamiento… por ese tono tan poco espectacular y carente de suspense, casi ingenuo, con que Kathy nos va narrando sus recuerdos.

© 2017 Light & Land.

Una de las claves que me ayudó a comprender el libro y concebirlo desde otras coordenadas fue leer esta entrevista a Ishiguro. En ella expresa que su intención al escribir Nunca me abandones era narrar el viaje que va desde la adolescencia hasta la muerte. No solo el de Kathy, Tommy compañía, sino el nuestro, el de cualquier ser humano. El que ellos sean clones que solo van a vivir hasta los 30 años condensa y amplifica lo que nos ocurre a nosotros en nuestras vidas. Y el tema de las donaciones –implícito durante gran parte de la novela, pero no obstante presente– introduce la atmósfera en que, para Ishiguro, transcurre dicho viaje: dominado por las ideas de la enfermedad y la muerte. Por eso, explica el autor, en la novela hace uso de varios eufemismos (“alumnos”, “donantes”, “completar”…) que reflejan aquellos con los que también nosotros tratamos de alejar la idea de la muerte.

La declaración de intenciones del autor me ayudó a explicarme ese halo triste que, en mi opinión, empapa la obra. Pero, paradójicamente, me permitió también comprender que Nunca me abandones no es una novela pesimista o deprimente, como espero poder mostrar.

Para ofrecer mi interpretación la novela desde esta clave, he encontrado especialmente interesante el tema de los posibles. Es así como los futuros donantes llaman a los modelos a partir de los cuales han sido clonados. En mi opinión, Ishiguro acierta plenamente al tratar este tema tan propio de la ciencia ficción[1] precisamente por no enredarse en las expectativas del género.

Pero antes de abordar ese punto, tenemos que preguntarnos: ¿Qué es lo que buscan los estudiantes de Hailsham en sus posibles? Así nos lo explica Kathy:

Otra motivación para querer encontrar a tu modelo era el hecho de que, cuando lo encontraras, tendrías un barrunto de tu futuro. Ahora bien, no quiero decir que nadie pensara realmente que si su modelo resultara ser, digamos, un empleado ferroviario, uno acabaría haciendo ese mismo trabajo. Todos nos dábamos cuenta de que no era tan sencillo. Sin embargo, todos nosotros, en grados diversos, creíamos que si veías a la persona de la que tú eras una copia alcanzarías cierto conocimiento de quién eras en lo hondo de tu ser, y quizá también de lo que la vida pudiera tenerte deparado.

Es decir, al ocuparse del tema del modelo de los clones, Ishiguro nos confronta con ese deseo que es también tan nuestro: el de dotar a nuestras vidas de un sentido. Eso es lo que buscan los protagonistas en sus posibles, y por aquí podemos encontrar algunas pistas sobre qué imagen del ser humano presenta el autor en la novela.

“¿Quién soy yo…?” “¿Qué sentido tienen mis anhelos, mis sensaciones, mis deseos?” “¿Qué hacer con lo que me pasa?, ¿cómo lidiar con el miedo, la angustia…?” Estas y otras preguntas que podríamos hacernos cualquiera de nosotros son las que encierra este otro pasaje, en el que Kathy explica por qué buscaba a su posible en las revistas pornográficas que había por las Cottages:

—Está bien, Tommy. Te lo contaré. Puede que, cuando te lo cuente, para ti siga sin tener mucho sentido, pero voy a contártelo de todas formas. El caso es que de vez en cuando, cuando me apetece el sexo, tengo unos sentimientos fortísimos. A veces me viene de repente y durante una hora o dos es francamente espeluznante. Hasta el punto de que, si de mí dependiera, sería capaz de acabar haciéndolo con el viejo Keffers. Es así de horrible. Y por eso… Esa fue la única razón por la que lo hice con Hughie. Y con Oliver. No significó nada en mi interior. Ni siquiera me gustan mucho. No sé qué será; pero luego, cuando ya ha pasado, me da mucho miedo. Así es como empecé a pensar que, bueno, la cosa tenía que venir de alguna parte. Tenía que estar relacionado con cómo soy —callé, pero cuando vi que Tommy no decía nada, continué—: Así que pensé que si encontraba su fotografía en alguna de esas revistas, al menos tendría una explicación. Y no es que quisiera ir a buscar a esa mujer ni nada parecido. ¿Entiendes?, sería una especie de explicación de por qué soy como soy.

Y si resulta sobrecogedor este testimonio de necesidad de sentido, no puede resultar más expresivo este estallido de rabia y de frustración de Ruth al fracasar en la búsqueda de su posible:

Todos lo sabemos. Se nos modela a partir de gentuza. Drogadictos, prostitutas, borrachos, vagabundos. Y puede que presidiarios, siempre que no sean psicópatas. De ahí es de donde venimos. Lo sabemos todos, así que por qué no decirlo. ¿Una mujer como esa? Por favor… Sí, Tommy. Un poco de diversión. Divirtámonos un poco fingiendo. Esa otra mujer mayor de la galería, su amiga, ha pensado que éramos estudiantes de Arte. ¿Creéis que nos habría hablado así si hubiera sabido lo que somos realmente? ¿Qué creéis que habría dicho si se lo hubiéramos preguntado? «Perdone, pero ¿cree usted que su amiga ha hecho alguna vez de modelo para una clonación?». Nos habría echado de la galería. Lo sabemos, así que sería mejor que lo expresáramos con claridad. Si queréis buscar posibles, si queréis hacerlo como es debido, buscad en la cloaca. Buscad en los cubos de basura. Buscad en los retretes, porque es de ahí de donde venimos.

© http://www.cromerholiday.co.uk Cromer, ciudad en la costa norte de Norfolk a la que van los personajes de la novela en busca de la “posible” de Ruth.

Sin embargo –y por más que Ruth se sienta decepcionada por su fracaso– creo que, como señalaba más arriba, es todo un acierto por parte de Ishiguro el que ella, Kathy y los demás no encuentren a sus posibles. Ese encuentro sólo le habría traído una decepción y una desorientación aun mayor, y es que ese no es, en absoluto, el camino para dar respuesta a sus preguntas existenciales… ni para ella, ni para nosotros.

Me parece entonces que el mensaje que encierra la novela es que el ser humano no encuentra el sentido de su vida en su origen, si por ello entendemos la causa físico-histórica por la cual existimos. Ishiguro nos está advirtiendo del peligro de comprender nuestras vidas en semejante marco reduccionista. Al ser humano, concernido por la idea del sufrimiento y de la muerte, le resultan frustrantes e insuficientes tanto la causa biológica de su vida como las razones históricas o sociales de su origen.

En síntesis: lo que da sentido a nuestras vidas no son las causas de las que somos efecto sino que los efectos de los que somos causa, de los que elegimos ser causa, de los que estamos llamados a ser causa.

No hay que comprender esto como un voluntarismo invivible, ni como una ingenua confianza en que “todo va a ir bien” (no en vano la novela se resuelve en la resignación de la imposibilidad del aplazamiento y en la muerte de Tommy). Me refiero más bien a la posibilidad inalienable de que exista un futuro, a la posibilidad –siempre regalada– de conservar la esperanza. Creo que ésta está simbolizada en la novela en Norfolk, en el “rincón perdido de Inglaterra”:

Lo que nos importaba —como dijo Ruth un día en aquella habitación alicatada de Dover, mientras estábamos sentadas contemplando cómo caía la tarde— era que «cuando perdíamos algo precioso, y buscábamos y buscábamos por todas partes y no lo encontrábamos, no debíamos perder por completo la esperanza. Nos quedaba aún una brizna de consuelo al pensar que un día, cuando fuéramos mayores y pudiéramos viajar libremente por todo el país, siempre podríamos ir a Norfolk y encontrar lo que habíamos perdido hacía tanto tiempo».

Y así, cuando de hecho tuvieron ocasión de viajar a Norfolk en su etapa de las Cottages, éste pueblo resultó ser ciertamente el “rincón perdido de Inglaterra”. Lo que creían que iban a encontrar en la posible de Ruth, lo que de hecho hallaron Tommy y Kathy en la cinta de Judy Bridgewater, era exactamente lo que habían perdido: el sentido de sus vidas, el don de una razón para la esperanza.

Estoy segura de que Ruth tenía razón en eso. Norfolk había llegado a ser una verdadera fuente de consuelo para nosotros, probablemente mucho más de lo que estábamos dispuestos a admitir entonces, y por eso seguimos hablando de ello —aunque en un tono más bien de broma— cuando nos hicimos mayores. Y por eso también, muchos años después, el día en que Tommy y yo encontramos en la costa de Norfolk otra cinta igual a la que yo había perdido antaño, no nos limitamos a pensar que era algo en verdad curioso, sino que, en nuestro interior, los dos sentimos como una especie de punzada, como un antiguo deseo de volver a creer en algo tan caro a nuestro corazón en un tiempo.

© 2017 Light & Land A la vista de esta foto de Norfolk podemos entender lo experimentado por Kathy al final de la novela: “Lo único que me he permitido en este sentido —y una sola vez, un par de semanas después de oír que Tommy había «completado»— fue ir en el coche a Norfolk sin ninguna necesidad de hacerlo. No iba a buscar nada en particular, y no llegué hasta la costa. Quizá tenía ganas de ver todas aquellas planicies vacías y los enormes cielos grises.”

[1] En la entrevista citada, el entrevistador compara la novela de Ishiguro con la película La isla de M. Bay (2005), porque coinciden justo en este punto.

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