La humanidad de quien sufre y ama

Por Helena Escribano

“¿Qué hago yo leyendo esto?” es lo que me he preguntado todos los días cuando cogía el libro. Creo que este es el libro al que más ultimatums le he dado, en plan…: “Cincuenta hojas más y si no me ha enganchado lo dejo”… y al final, de cincuenta en cincuenta lo he leído entero, pero no porque me estuviese gustando, sino por Pablo, al que me imaginaba diciéndome…”lo mejor era el final”. Pues eso, que a pesar de no tomarme en serio mis propios ultimatums, no puedo decir que me haya gustado.

No me ha gustado cómo estaba escrito ni lo que estaba escrito. En realidad, para más ser más exactos lo que no me ha gustado es que en la novela haya tantas cosas que no están escritas. Reconozco que al principio engancha el misterio que deja entrever y también que las primeras hojas, para mi gusto, estén escritas de una forma muy bonita. Pero poco a poco, y precisamente, a medida que el misterio se va adivinando el libro comienza a perder frescura e interés. Y en mi opinión la pérdida se debe a dos cuestiones fundamentales: al excesivo revoloteo en círculos sobre un misterio que ya no es tal, y sobre todo, a un análisis muy superficial de los sentimientos de los protagonistas, de quienes sabemos lo que eran pero no lo que sentían al respecto. O al menos, no, con la profundidad a que el tema se podría prestar.  A mí me hubiese gustado más que el autor se detuviera más en la reflexión de los protagonistas sobre su condición, en cómo se sentían por el hecho de ser lo que eran, y por el destino que les aguardaba.

En la tercera parte el libro mejora un poquito más pues añade ideas interesantes sobre las que pensar pero de nuevo sorprende, ante el gran descubrimiento final, lo poco trabajadas que quedan en el libro dichas ideas, las cuales no quedan formuladas ni siquiera como interrogantes.

Pero bueno, puedo decir también algunas cosas positivas. Por ejemplo, que el final me resulta conmovedor. La aceptación heroica de los personajes de su propia verdad, por ejemplo. Heroica, porque incluye la necesaria rebelión ante la misma, previa a su aceptación plena. Pero sobre todo heroica porque implica una respuesta que es al mismo tiempo reivindicación y afirmación de la esencia de la identidad humana: la necesidad de amor. El amor como sentido último de la vida del ser humano. El clon es humano.

Su aceptación implica una respuesta que es al mismo tiempo reivindicación y afirmación de la esencia de la identidad humana: la necesidad de amor. El amor como sentido último de la vida del ser humano. El clon es humano. Fotografía: J. Beck (unsplash).

Me conmueve la reacción de Tommy cuando comprende que no hay aplazamiento, que la vida se le escapa… También me duele su desesperanza; porque el personaje comprende que con la vida lo que se le está escapando en realidad es la posibilidad de amar. Me duele su ira por una existencia, la suya, injusta. Una existencia controlada por otras personas, y no por uno mismo; otros (y otros que son crueles) son quienes tienen en su poder su vida o su muerte. ¿Y qué argumento podría darse a esas personas para que le permitan a uno seguir vivo? Sólo el argumento del amor. Si yo amo, si soy capaz de convencer a alguien de que soy capaz de amar, me dejarán vivir, expresa la esperanza a la que se aferran los protagonistas ante su terrible destino y que poco a poco se va convirtiendo para ellos en una obsesión. Me conmueve sobre todo cómo los tres personajes principales descubren el valor del tiempo como oportunidad de amar. “¡Cuánto tiempo hemos perdido sin amarnos! ¡Cuánto tiempo (para amar) nos están robando!” vienen a gritar los protagonistas. Tras la pequeña y breve esperanza sobreviene a continuación en el libro el jarro de agua fría… no existe posibilidad de aplazamiento… tienes que morir. Podría pensarse que ya no es necesario amar ni demostrarlo, que ya todo da igual… Y sin embargo, Tommy sigue amando, y por eso se separa de Kath. Acertado o no, él no quiere que ella sufra. Que sí, que el clon es humano; porque tiene esperanza, porque sufre y porque ama.

Existe una gran pregunta en el libro: un hombre, creado por otro hombre en un laboratorio, ¿tiene alma o no la tiene? Kazuo Ishiguro, el autor, apuesta que sí. Yo no me atrevo a dar una respuesta tan contundente, y menos en un tema que hoy por hoy, al menos que sepamos, es pura ciencia ficción. Sin embargo, pienso que es imposible dudar de la humanidad de quien sufre, quien espera, o quien ama. Y lo resalto porque también hoy existen muchas personas acerca de las cuales nos podría quedar duda de su “ser humano”. Y ante la duda siempre dos posturas fundamentales, que pueden encontrarse también en el libro: la de los custodios, que apuestan y alientan a los hombres a descubrir, forzar y ofrecer lo mejor de sí mismos por muy oculto que esté a los demás; y en contraste, la postura de quienes se dejan llevar por lo racional, esto es por la evidencias, y también por el miedo de que otro, misterioso (por diferente), pueda llegar a ser mejor; Esta última postura en el libro la adoptan quienes se sienten amenazados por otros cuya existencia (humana) es admitida sólo mientras satisface un interés egoísta. Y por supuesto, también, mientras el dudoso ser humano, por la posibilidad de que sea superior a ellos, no supone un motivo de competencia por todo aquello que sentimos como nuestro.

Y es que reconocer que alguien es humano implica reconocer que tiene derechos que nos obligan. Que nos obligan sobre todo a convivir con ellos y relacionarnos de ser humano a ser humano. Existen personas que viven como humanos, y existen también personas que parecen más bien despojos humanos, y que sin embargo siguen siendo humanos. Muchos lo saben y los cuidan, y creen en ellos, en su bondad y belleza, a pesar de su aspecto o su conducta; muchos otros los condenan, los desahucian o, simplemente, los condenan. Así que, a mí el libro me suscita dos preguntas, la segunda no menos importante que la primera: ¿cuándo un hombre se convierte en humano? ¿Cuándo deja de serlo? De ello, dependerá los derechos que les reconozcamos y en definitiva, que vivan como tales. O mejor dicho que les ayudemos a vivir como tales.

Y es que reconocer que alguien es humano implica reconocer que tiene derechos que nos obligan. Fotografía: E. Lauton.

La novela también pone de manifiesto algo muy bello: que el alma se expresa a través del arte. Nuestras creaciones reflejan la moralidad de nuestra alma. Pero cuidado con considerar que sólo tiene alma quien realiza cosas buenas, y que por lo tanto sólo éstos merecerían vivir.

Por último, el libro me ha llevado a reflexionar sobre Dios: ante todo Padre; Creador del Cielo, de la Tierra y de todo cuanto hay en ella; que nos creó para poder amarnos, que nunca jamás nos deja de reconocer como suyos hagamos lo que hagamos y que permite que cada día salga el sol sobre buenos y malos. A Él no hay que demostrarle que amamos para que nos dé una oportunidad. Más bien es al contrario. Otra cuestión es que nosotros, al igual que los personajes del libro, vamos descubriendo poco a poco en la vida quienes somos; pero a diferencia de ellos, no descubrimos detrás de nuestra existencia un leitmotiv descorazonador sino todo lo contrario, pues yo pienso que detrás de todo cuanto nos sucede, desde la cuna a la tumba, obedece al grito callado de Dios que nos dice, también a nosotros, “Nunca me abandones”. Nosotros, al contrario, tenemos la esperanza de vivir eternamente. Nuestro “completar”, por utilizar la terminología del libro, no implica la muerte. Para nosotros dar nuestra vida no es perderla, sino ganarla. Y cuando la perdemos, si la hemos dado del todo, es cuando comenzamos a vivirla. Como apunta el Papa emérito, Benedicto XVI, en la encíclica Spe Salvi, para un cristiano la vida eterna es la alegría de vivir ya para siempre unidos a Dios.

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. matissscc dice:

    Me gustó mucho la reflexión de Helena, creo que aporta miradas nuevas sobre la obra de Ishiguro, me alegro por ello que la haya terminado de leer. Es cierto que la obra produce eso que dice ella, como una desazón, un desaliento, como que uno en algún momento se pregunta para qué leer esto que parece tan inconsistente, pienso que eso le pasó a varias personas de este club de lectores, pero justamente esa incomodidad lleva a profundizar en el sentido del relato y de lo vivido por sus protagonistas, haciendo de espejo a nuestra propia realidad. Me encantó esa referencia a la humanidad que sufre y ama y que en ese camino se expresa como verdaderamente humana.

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