Resistencia; una opción, una condición

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A nuestros mayores

Por Paulo Álvarez

Esta reseña se divide en dos partes, la primera parte habla de la resistencia como opción política, la segunda como condición humana identificada en la vejez. Cada una de las partes puede leerse por separado o unirse en pos de la misma fuente que justifican sus letras, el libro Resistencia de Ernesto Sábato.

 Resistencia, una opción

En el rostro de un hombre o de una mujer como cualquiera algo queda atado para siempre, una especie de registro que lo ubica en un tiempo y lugar pero que no necesariamente lo determina.

La resistencia puede ser una opción –también una posición- que permite a las personas seguir viviendo. La resistencia puede ser también un acto de obstinación, una especie de anclaje sobre lo ido y/o sobre lo que se desvanece. La mejor de las resistencias surge desde la capacidad de rebelarse ante la opresión, el abuso de poder, la subyugación en sus cientos de formas y a cada instante.

La historia humana está repleta de ofertas que convocan al ser humano a ser sumiso o cómplice pasivo de la brutalidad y de la idiotez insolente y atrevida, que incluso puede derribar los sentidos con que alguna vez se edificó la vida. La sumisión puede ser hija de un sistema que se mantiene en base a la violencia, o a la incomodidad que supone luchar por revertir las condiciones que la reproducen. En todo caso, nunca es un proceso inmediato ni consciente, como tampoco es total. Podría ser incluso que sea en la agonía de la vida, cuando se advierta que se fue más levedad que resistencia. Para que la resistencia no sea coraza abyecta, requiere de contenido y de una vida vivida que comulgue con lo que defiende. Resistencias colectivas y personales cohabitan en el ahora de siempre.

Detrás de la palabra resistencia hay malestar, cierto rechazo por el orden dominante, una suerte de inconformismo que aguijonea a la vida para colocarla en aviso de que eso que dicen que es, puede ser de otra manera. La resistencia es la porfía obstinada con que los insatisfechos viven, pudiendo vivir saciados.

“homenaje a un pueblo pertinaz”, escultura de Mario Irarrázaval.

Ernesto Sábato, el escritor de Resistencia, eligió molestarse. En su libro reflexiona que a pesar de que a veces quería dejar de oír y de ver, no podía negarse a compartir el dolor de las víctimas que la dictadura Argentina dejaba. Su valor, compasión y disponibilidad lo llevaron a encabezar el Informe conocido como Nunca Más, que habla sobre la tragedia que asoló a su país entre 1978-1983. Sábato fue el soporte moral de todo un país.

La escritura de las cinco cartas que componen el libro dan cuenta de una mirada retrospectiva y urgente por el acecho de la muerte, pero también por la desesperación que provoca el sentimiento de un todo que camina, cierto e indiferente, trágico y brutal, a la deshumanización. Sábato convoca lugares comunes, experiencias y pensares de una vida larga que quiere gritar y acariciar a la vez. La grandeza de lo pequeño, el bien y el mal, los valores que parecen abandonar la vida social, la resistencia como acto moral que posee una dimensión política concreta, la decisión y la muerte.

Sábato nos hace una tremenda invitación: nos invita a vivir, a desplegar las alas de la historia personal en la historia del mundo ocupando el lugar que la vida y las condiciones nos regalan, con sus habilitaciones y limites, en la cotidianidad, -esa tremenda palabra que rebela la humana capacidad de esculpir el ADN de nuestra vida-, y da cuenta de que “la libertad que está a nuestro alcance es mayor de la que nos atrevemos a vivir” (p.18).

Creo que Sábato nos dice que las cosas sencillas y pequeñas permitirían una nueva narración, más genuina y pertinente, que una vejez libre podría atesorar. Una vejez que puede mirar en retrospectiva y es capaz de hallar, no sin dificultad, la infancia lejana que se acerca brumosa y que permite pensar que transformando la mentalidad, este planeta que es nuestra casa, puede no solo sobrevivir sino que mejorar ante la tragedia en que lo hemos convertido.

“(…) Hay algo en el ser humano, allá muy dentro, allá en regiones muy oscuras, aferrado con uñas y dientes a la infancia y al pasado, a la raza y a la tierra, a la tradición y a los sueños, que parece resistir a ese trágico proceso resguardando la eternidad del alma en la pequeñez de un ruego.” (p. 21)

Resistencia, una condición

La vejez corre el riesgo de convertirse en muchos lugares del planeta en signo de estorbo, amnesia y precariedad. Un sistema que exacerba lo individual sobre lo colectivo y la eficiencia sobre la calidad, maltrata y excluye lo que ignora so pena de intuir que ese es su destino. Desde ahí la vejez es mirada con desdén; improductiva, incomoda, indeseada y lejana. Los mayores son marginados y su inherente valor es extirpado. Sin embargo, los viejos, los mayores, no solo han trazado un camino, sino que advierten un futuro. El libro de Sábato nos enseña que sus vidas, contemplaciones, recuerdos, cavilaciones y palabras no solo interpelan decididamente el mundo sino que lo hacen mejor.

Al lado de la vejez está la precariedad. Sobre todo en este ahora, donde muchos y muchas que trabajaron su vida entera avanzan hacia ella sin resguardos, más bien avanzan a la orfandad social, política y económica que el sistema incontinente produce. La precariedad material puede hipotecar la existencia de las personas, limita sus posibilidades, incluso puede convertirse en un estigma que refuerza la disminución de capacidades y aptitudes, redes sociales y de poder, lo que se profundiza en aquellos sistemas donde la violencia no solo tiene una expresión política -como democracias débiles- sino que económicas, tejidas bajo el hilo de la inequidad, la flexibilización y la competencia.

Un sistema como el descrito amenaza siempre a la vida, pero en la vejez mata. A medida que se envejece, sobre todo en los lugares no privilegiados, aumentan las condiciones de vulnerabilidad y con ella la sensación de angustia y soledad se potencian, al igual que la desconfianza y el miedo. Sí bien la palabra precariedad parece asociarse continuamente a un prisma material, su esencia está en cómo se vive la vida. Una vida en donde las señales de ruta, las herencias culturales y valóricas devienen vacías, se precariza. Una vida que en vez de cuidarla y abrigarla, sino agradecerla, se expone al punto de no querer vivirla, se llena de  desosiego e incomprensión, lo que aumenta el sentimiento de abandono y sin sentido con que no pocos seres humanos se despiden de este mundo.

Fotografía de Luis Navarro a su padre.

Producto de una sociedad desatenta, abyecta y egoísta, la vejez duele más de lo que debería. En el mundo popular, la vejez llega más temprano y se queda más en el cuerpo. El abandono, la  sensación de inutilidad, la lentitud, la melancolía, el olvido están ahí. No dejarse intimidar, sacar coraje del lugar que habita la vida no detenerse, no dejar de seguir sacando “(…) cada rostro, cada gesto, cada palabra, cada canto, por lejano que sea, recobrados cuando parecían perdidos para siempre, te ayudan a sobrevivir” dice Norberto Bobbio en su De Senectute.

El Dios de Nazaret habita en lo diminuto y disminuido de nuestra humanidad. Para Sábato está encadenado a la evidencia del mal. Dios, como un susurro estupefacto ante la construcción monumental del mal. Dios como los seres humanos, un constructo precario, bello y contradictorio que intuye su destino pero que es incapaz de modificarlo.

Esta sociedad que apenas puede dar con el sufrimiento generado a otros o con el desvanecimiento de una tradición, incluso del propio cuerpo vulnera la fragilidad de la vejez que no le queda más que resistir. Cuando las generaciones no solo no receptuán sino que desprecian el ayer que heredaron, cuando Dios se juzga-siente como negación y no como posibilidad, cuando los propósitos y la humildad de los sentidos dejan de florecer y solo queda un sentimiento de pérdida, “cuando todo está desacralizado la existencia es ensombrecida por un amargo sentimiento de absurdo” (p.31), que deja a la condición humana off-side.

Cuando se toca la fragilidad del hombre, cuando se toca la fragilidad de la mujer, lo humano fluye. Esa disponibilidad secreta “anima a llegar al dolor del otro y la vida se convierte en un absoluto” (p.71), porque como dice el autor “el mundo nada puede contra un hombre que canta en la miseria” (p.75).

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