Cartas del primer hombre

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Por Matías Valenzuela ss.cc.

Leer El primer hombre de Albert Camus ha significado para mí saldar una deuda con uno de los grandes pensadores del siglo XX, porque la verdad sea dicha, aún no había leído nada de él. Fue impresionante partir por este libro, que luego me llevó a leer El extranjero y La peste, porque es un texto fuertemente autobiográfico, aunque no hable directamente de sí mismo, sino que invente un personaje que lo representa y, a la vez, porque es una obra inconclusa. Camus falleció en un accidente automovilístico el año 1960 a la edad de 48 años cuando esta obra aún no estaba terminada. Por lo mismo me parece que en muchos pasajes la prosa es rápida, como ocurre cuando se escribe a vuela pluma, sin correcciones, tal como los recuerdos, las imágenes y las ideas sobrevienen a borbotones. Es interesante porque su escritura por momentos absolutamente descriptiva carece de diálogos y uno se enfrenta a páginas llenas de letras que te van sumergiendo en el mundo del texto, que fue el mundo del autor. En su infancia y adolescencia Argelia, Argel, el norte de África que es bañado por el Mediterráneo, con fuerte influencia de la Francia Colonial, de donde además era originario su padre a quien jamás conoció. Ese mundo que también recorrieron otros hombres notables, que inspiraron por su experiencia y por sus escritos, como Carlos de Foucauld y Antoine de Saint Exupery. Pero Albert Camus lo hace desde el ángulo de los pobres, de aquellos que han nacido entre los arrabales de una ciudad, sin historia y sin poder, por lo mismo, sin pasado y sin futuro.

 “Decía sí, tal vez fuera no, había que remontar el tiempo a través de una memoria en sombras, nada era seguro. La memoria de los pobres está menos alimentada que la de los ricos, tiene menos puntos de referencia en el espacio, puesto que rara vez dejan el lugar donde viven, y también menos puntos de referencia en el tiempo de una vida uniforme y gris. Tienen, claro está, la memoria del corazón, que es la más segura, dicen, pero el corazón se gasta con la pena y el trabajo, olvida más rápido bajo el peso de la fatiga. El tiempo perdido solo lo recuperan los ricos. Para los pobres, el tiempo sólo marca los vagos rastros del camino de la muerte” (75).

En la noche de aquel tiempo, durante la primera guerra mundial, el padre de Camus murió cuando él tenía menos de un año y creció en una casa con su abuela, su madre y un tío.

–¿Qué ha dicho? – preguntó Lucie.

–Henri ha muerto. Lo mataron.

Lucie miraba el pliego sin abrirlo, ni ella ni su madre sabían leer, le daba vueltas sin decir una palabra, sin una lágrima, incapaz de imaginar esa muerte tan lejana en el fondo de una noche desconocida. Y después guardó el pliego en el bolsillo del mandil de cocina, pasó delante del niño sin mirarlo y entró en el cuarto que compartía con sus dos hijos, cerró la puerta y las persianas de la ventana que daba al patio y se tendió en la cama, donde permaneció muda y sin lágrimas durante largas horas, apretando en el bolsillo el pliego que no podía leer y mirando en la oscuridad la desgracia que no entendía. (69)

Toda la narración de esos primeros años es muy notable, porque sumerge al lector en la experiencia de un niño que va descubriendo el mundo, su mundo, de juegos, de silencios, de aprendizajes, de afectos. En ese mundo hay dos personas que lo marcaron definitivamente en su modo de ser. Una es su madre y el otro es su profesor de primaria. La figura materna es maravillosa porque él siempre la observa y ella prácticamente siempre está en silencio, en una silla desde donde mira la ciudad cuando ha vuelto del trabajo. Ella quedó sin audición muy tempranamente en la vida, por lo que jamás pudo aprender a leer y eso la introdujo en un aislamiento que la hace casi etérea, retraída, pero no por ello menos cuidadosa de sus hijos. En el momento en que Albert descubre que la madre lo ve y lo quiere, para él es una verdadera revolución de amor, ¡ella me quiere! Pero jamás logra expresarle la infinita ternura que siente por ella. En la Peste también hay una madre y un hijo, es el doctor y su madre, y respecto de ellos se dice: “su madre y él se querían siempre en silencio. Y ella llegaría a morir sin que durante toda su vida hubiera podido avanzar en la confesión de su ternura”. Ella de todos modos es una presencia constante y cierta del amor que incluso para Albert se conecta con la experiencia del misterio, de aquél misterio que los creyentes podríamos llamar Dios.

“Al encuentro en definitiva del misterio, pero de un misterio sin nombre en el que las personas divinas nombradas y rigurosamente definidas por el catecismo no tenían nada que hacer ni que ver, prolongando simplemente el mundo desnudo en que vivía; el misterio cálido, interior e impreciso que lo inundaba entonces sólo ensanchaba el misterio cotidiano de la sonrisa discreta o del silencio de su madre cuando él entraba en el comedor, con el crepúsculo, y cuando, sola en la casa, no había encendido la lámpara de petróleo, dejando que la noche invadiera poco a poco la habitación, ella misma como una forma más oscura y más densa aún, mirando pensativa por la ventana los movimientos animados, pero silenciosos para ella, de la calle, y el niño se detenía entonces en el umbral de la puerta, con el corazón embargado, lleno de un amor desesperado por su madre y por lo que, en su madre, no pertenecía, o ya no pertenecía al mundo y a la vulgaridad de los días” (148).

La madre está a la vez presente y ausente, en ese sentido, es una imagen poderosa de aquello que el ser humano anhela entre sombras, a lo cual se acerca y ama, pero que jamás logra poseer completamente. Es muy impresionante que al volver a la casa donde creció y tratar de conversar con su madre algo acerca de su padre, para conocerlo, casi no haya recuerdos, casi no haya palabras, eso también nos conecta con la pobreza en la que creció el autor. Aunque esa pobreza está condimentada con grandes vivencias, como los baños de mar y el fútbol junto a sus amigos y con personas de intenso carácter como su abuela y su tío que trabajaba haciendo barriles de madera y tenía una pequeña discapacidad, pero cada tanto lo llevaba a cazar junto a su perro y eran las mejores aventuras en medio de las montañas que rodean Argel. La abuela merecería un capítulo aparte, por su fuerza, que la hace plantarse sin temor y con un sentido práctico donde privilegia la necesidad de sostener su casa, a pulso, con brazo firme, haciendo trabajar a todos. Hay una escena en que ella muestra su temple y a la vez la pobreza en la que vivían. Cuando Albert se queda con un vuelto para ir a un partido de fútbol y para no devolverlo dice que se le cayó en el baño y la abuela entonces se arremanga el brazo y lo mete enteramente en la mierda para buscar esa moneda, con lo cual su nieto queda tremendamente impresionado y reconoce, a la vez, la fuerza de ella y su propia debilidad.

“Sí, pagó el doble, porque en ese mismo momento comprendió que su abuela no había hurgado en la porquería por avaricia, sino por la necesidad terrible que hacía que en esa casa dos francos fueran una fortuna. Lo comprendió y por fin vio claramente, en un acceso de vergüenza que había robado esos dos francos al trabajo de los suyos. Todavía hoy, mirando a su madre delante de la ventana, Jacques no se explicaba cómo pudo no devolver esos dos francos y disfrutar, sin embargo, del placer de asistir al partido del día siguiente”(83).

Por otro lado, está su profesor de primaria que fue casi un padre para Camus y a la vez fue la persona que lo estimuló a estudiar y lo introdujo en la lectura. Es muy impresionante que un hombre que nació en una familia donde todos eran analfabetos, a sus 44 años, haya ganado un premio Nobel de Literatura, por lo que había escrito tanto en el ámbito de la literatura como en el ámbito de la filosofía y del ensayo. Ahí claramente hubo una búsqueda y una capacidad del joven Albert, pero que fueron descubiertas, apreciadas y estimuladas por un buen maestro. Habla de la vida de esas personas que marcan a otras ayudándoles a desplegar lo mejor de ellos, entregándoles amistad y confianza, sentido de la responsabilidad y respaldo. Tanto es así que Camus al recibir el galardón de la Academia le escribe una carta a su antiguo profesor. Por el interés que tienen estos documentos los transcribo. De hecho estaban al final de la edición de El primer hombre que leí.

19 de noviembre de 1957

Querido señor Germain:

Esperé a que se apagara un poco el ruido que me ha rodeado todos estos días antes de hablarle de todo corazón. He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni pedido. Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, sin su enseñanza y sin su ejemplo, no hubiese sucedido nada de todo esto. No es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y de corroborarle que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso en ello continúan siempre vivos en uno de sus pequeños escolares, que, pese a los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido.

Lo abrazo con todas mis fuerzas.

Albert Camus

 

Argel, a 30 de abril de 1959

Mi querido Albert

He recibido, enviado por ti, el libro Camus, que ha tenido a bien dedicarme su autor, el señor J.-Cl. Brisville.

Soy incapaz de expresar la alegría que me has dado con la gentileza de tu gesto ni sé cómo agradecértelo. Si fuera posible abrazaría muy fuerte al mocetón en que te has convertido y que seguirá siendo siempre «mi pequeño Camus».

Todavía no he leído la obra, salvo las primeras páginas. ¿Quién es Camus? Tengo la impresión de que los que tratan de penetrar en tu personalidad no lo consiguen. Siempre has mostrado un pudor instintivo ante la idea de descubrir tu naturaleza, tus sentimientos. Cuando mejor lo consigues es cuando eres simple, directo. ¡Y ahora bueno! Esas impresiones me las dabas en clase. El pedagogo que quiere desempeñar concienzudamente su oficio no descuida ninguna ocasión para conocer a sus alumnos, sus hijos, y estos se presentan constantemente. Una respuesta, un gesto, una mirada, son ampliamente reveladores. Creo conocer bien al hombrecito que eras y el niño, muy a menudo, contiene en germen al hombre que llegará a ser. El placer de estar en clase, resplandecía en toda tu persona. Tu cara expresaba optimismo. Y estudiándote, nunca sospeché la verdadera situación de tu familia. Sólo tuve una impresión en el momento en que tu madre vino a verme para inscribirte en la lista de candidatos para las becas. Pero eso fue, por lo demás, en el momento en que ibas a abandonarme. Hasta entonces me parecía que tu situación era la misma que la de todos tus compañeros. Siempre tenías lo que te hacía falta. Como tu hermano, estabas agradablemente vestido. Creo que no puedo hacer mejor elogio de tu madre…

Si tuviera que volver a las preguntas que nos han marcado en nuestro Blog de Lectores Esteban Gumucio acerca de lo que esta obra me dice del hombre y de Dios, señalaría que el ser humano es frágil como un niño y a la vez tiene una capacidad de crecer y salir adelante que es maravillosa. Que está influido por su biografía pero a la vez es libre para dar saltos muchos más allá de lo que otros imaginarían. Diría que en cierto modo es un ser abierto e inconcluso, como la obra literaria que Camus nos regaló. Él escribe entre dos guerras mundiales y se pregunta por la condición humana y la considera un absurdo, pero a la vez es un hombre que no niega el valor a la vida sino que la defiende contra el abuso y la injusticia, declarándose contrario a todo tipo de ideología totalitaria y contra todo tipo de violencia, incluida de manera muy explícita la pena de muerte. Por ello también tuvo conflicto con Sartre y con el marxismo de su tiempo. En ese sentido me parece un hombre radicalmente libre y un humanista. Pero a la vez en búsqueda. Su vida se truncó antes de tiempo. Y ahí veo una parábola de la vida humana, ¿cuándo podemos decir que la vida está terminada? ¿Podemos afirmar alguna vez que hemos concluido? El ser humano siempre es una obra inacabada y con una sed de llenar la ausencia y el vacío. Y ahí donde el autor argelino, ve el absurdo de la vida, ya que esa sed de sentido se confronta con  la realidad, con las heridas y las fracturas de la realidad. Es ahí donde yo percibo la presencia – ausencia de Dios, que nos hace anhelar la trascendencia y que es captada en la penumbra, como en la cercanía silenciosa de su madre, así como en el mar y en el desierto.

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Nico sscc dice:

    Muchas gracias Matías… bellísima y profunda la crónica. Gracias por esa impresionante correspondiente entre Camus y su profesor, que nos invita a pensar y agradecer a las personas que han marcado nuestros caminos. Un abrazo

    Me gusta

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