El miedo al vacío

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Por Matías Valenzuela ss.cc.

La Piel del cielo (2001) de Elena Poniatowska (nacida en París el año 1932) me recordó otro libro ambientado en México, Cambio de piel, de Carlos Fuentes. Me llamó la atención esa sintonía por la mención de la piel en el título, que forma parte del cuerpo y expresa la sensualidad que se deja abrazar por el sol y las estrellas.

La piel del cielo es una novela que atrapa y que va mezclando las vivencias de sus protagonistas con aspectos de la historia de México en un tramo largo del siglo XX, sobre todo desde la preocupación por el desarrollo científico. Llevando al lector por parajes muy diversos de la geografía Mexicana, desde el DF hasta Puebla, pasando por Cholula y todos los lugares donde se fundaron observatorios astronómicos. Desde el campo a la ciudad, desde las casas de los pobres hasta las vivencias de la aristocracia burguesa y católica, preocupada por el qué dirán.

El protagonista, Lorenzo de Tena, a quien se va acompañando casi a lo largo de toda su vida, va enfrentando diversos momentos y crisis, así como la pérdida de seres queridos y una permanente búsqueda de aquello que le permite enfrentar el horror al vacío. En este sentido la novela tiene a mi modo de ver dos registros, uno más personal y existencial y otro más político y social. El segundo tiene que ver con una mirada de México y su pasividad que hace permanecer a las masas pobres en la miseria y en la explotación. Hay toda una preocupación por la formación, por el desarrollo científico y la investigación. En este aspecto una cosa que no deja de llamar la atención a una persona nacida en el cono sur – al sur del sur, en Chile – es la atención tan permanente y casi obsesiva por confrontarse con los Estados Unidos, es su referente, su aliado y su competidor, aun sabiéndose a años luz de distancia.

En el aspecto más existencial, el conflicto es el del protagonista, con su familia, con su inserción o aislamiento social, sus vínculos de amistad y sobre todo su relación con la mujer. Esto último es tan relevante, porque el rol que juegan los personajes femeninos es tan intenso, que me llevó a pensar que la novela en cierto modo era, en el fondo, una crítica al machismo mexicano. Ciertamente no es la única hebra de la obra, pero es una muy decisiva. En este sentido, reconozco la belleza de la descripción que hace la autora de los personajes femeninos, con su sensualidad, su libertad, su fuerza, su desenfado, su espontaneidad. Ante ellas, los varones sucumben y son seres sin capacidad de expresar realmente lo que son, llenos de temores, prejuicios y abusos. El protagonista con los años se va volviendo cada vez más neurótico y esto es muy interesante, porque de verdad en una novela de más de cuatrocientas páginas la autora nos permite ir sintiendo el paso del tiempo, el envejecimiento y las inseguridades que provienen de ese proceso.

Otra cosa muy hermosa de la novela es que el protagonista va descubriendo en el cielo nocturno, su casa, su paz, su sentido, llegando a decir, que “este cielo era su piel, sus huesos, su sangre, su respiración, lo único por lo que daría la vida”.

Otra cosa muy hermosa de la novela es que el protagonista va descubriendo en el cielo nocturno, su casa, su paz, su sentido, llegando a decir, que “este cielo era su piel, sus huesos, su sangre, su respiración, lo único por lo que daría la vida”. Hay una comprensión de la conexión íntima que se da entre el espacio exterior y el ser humano, entre las leyes de la naturaleza y la maravilla que es la inteligencia capaz de descubrirlas:

“Mientras más estudie lo que antes se creía divino y más se acerque a los sistemas planetarios, más importancia le dará usted a nuestro cerebro. Lo que verá allá arriba le hará creer en los hombres y se dará cuenta de que entre los procesos químicos y físicos de su cerebro y los del cielo hay comunicación. Su cerebro puede resolver enigmas. El nuestro es el cielo de abajo. Aquí vivimos lo que sucede arriba. Por este telescopio, usted verá a distancia de diez millones de años luz o más, y allá lo esperan las galaxias que van a influir en su evolución biológica”.

Elena Poniatowska se casó el año 1968 con un astrofísico mexicano, Guillermo Haro, de lo cual podemos colegir que conoció a fondo la mirada de un hombre que entregó su vida a la ciencia y en especial a la investigación del universo. Se ha dicho que la obra de la autora, de origen polaco y mexicano, es como una polifonía testimonial, ya que ella ha dedicado gran parte de su vida a entrevistar personas y luego en sus relatos y crónicas ha entrecruzado esas diversas voces a través de los distintos personajes, cada uno de los cuales presenta miradas diversas de la realidad. Esto se ve muy claro en La piel del cielo donde cada personaje tiene su propia visión y van interactuando y sucediéndose. Dentro de esa constelación Lorenzo, que es a quien seguimos por toda la obra me maravilló por la capacidad que tuvo de descubrir una pasión, algo que perseguir con toda su fuerza y de embarcar a otros en ello. Tal vez de una manera obsesiva e inmisericorde lo cual le trajo grandes conflictos y separaciones, pero que a la vez le dio sentido a su vida y le ayudó a avanzar en su campo a muchos otros.

A propósito de esto, vuelvo a una de las preguntas que inspiran este blog, ¿qué es lo que dice del hombre esta novela? Pienso que dice muchas cosas, que por lo mismo no es posible aglutinar en una sola respuesta o en una sola idea, pero hay un factor que acompaña el camino y se trata de la pregunta por el vacío, que se encuentra desde la primera página. El protagonista tiene un espíritu científico y necesita ver, tocar, demostrar para saber que algo es real y mientras no lo haga es la angustia por el vacío lo que le muerde por dentro. Es el vacío de la materia, el vacío de un pueblo lleno de nada, el vacío de la existencia en que se hace incapaz de amar. Es un ser atenazado por el vacío. En esto también influyen la muerte de seres queridos muy tempranamente y una experiencia religiosa que pierde toda significación haciéndose irrelevante para la comprensión de la realidad. Para ilustrar esto transcribo la primera página del libro que de algún modo es una parábola de toda la obra:

“- Mamá, ¿allá atrás se acaba el mundo?

– No, no se acaba.

– Demuéstramelo.

– Te voy a llevar más lejos de lo que se ve a simple vista.

Lorenzo miraba el horizonte enrojecido al atardecer mientras escuchaba a su madre. Florencia era su cómplice, su amiga, se entendían con sólo mirarse. Por eso la madre se doblegó a la urgencia en la voz de su hijo y al día siguiente, su pequeño de la mano, compró un pasaje y medio de vagón de segunda para Cuautla en la estación de San Lázaro.

Que la locomotora arrancara emocionó a Lorenzo, pero ver huir el paisaje en sentido inverso, despidiéndose de él, lo llenó de asombro. ¿Por qué los postes pasaban a toda velocidad y las montañas no se movían? Nada le preocupaba tanto como la línea del horizonte, porque seguramente llegarían al fin del mundo y caerían con todo y tren al abismo. Cuando se iba acercando a la parte más alta de la montaña, Lorenzo se levantó varias veces del asiento. <<Allí viene el barranco; ahí se acaba todo>>. En los ojos del niño, Florencia leyó el horror al vacío”.

La obra muestra a un ser humano con muy pocas capacidades para sostener vínculos en el tiempo y esto también va contribuyendo a la sensación de vacío y soledad. Lo que en un primer momento es una pasión y un motivo de paz, también con los años se transforma en una fuente de aislamiento y de menosprecio de los demás. Incluso, me llamó la atención que el protagonista, que es un científico, un investigador, no aceptara hablar del cielo en términos afectivos o poéticos, es decir, permanece en el lenguaje objetivo, técnico, matemático y todo lo demás le parece ilusión, romanticismo, pajaronería. Y lo que al inicio se exalta como gran inteligencia deviene poco a poco en castración. Eso es interesante por la evolución del personaje y del ser humano que presenta la obra. Detrás de ellos está también el tema del tiempo, de los procesos que pasan por opciones y que no son blancos o negros, así como tampoco lo son las personas, ni los acontecimientos. La pasión por conocer el cielo e investigar, le llenó la vida, le permitió vencer el vacío, pero a la vez provocó un creciente aislamiento, soledad e insatisfacción. Esto último lo reconoció a través del encuentro con una mujer que despertó lo mejor y lo peor de él.

“La obra muestra a un ser humano con muy pocas capacidades para sostener vínculos en el tiempo y esto también va contribuyendo a la sensación de vacío y soledad”.

Queriendo decir algo sobre la presencia – ausencia de Dios en la obra. Me gustaría recordar una frase dicha al pasar por el protagonista y que se conecta con lo anterior. Lorenzo en un momento, despechado y desesperado por su incapacidad de profundizar en un vínculo que lo atrae y a la vez lo desarma dice “soy un hombre incompleto”. Esta es una definición muy radical de sí mismo y la expresa cuando está en la cúspide de su carrera como científico. Hay algo aquí que es propio de todo ser humano, pero quizás es más fuerte en el varón, la sensación de incompletud y la necesidad de completarse, que brota de anhelos muy profundos, de deseos, que lastran el corazón y que a veces no logran verse satisfechos. ¿Qué es lo que nos completa? ¿Qué es lo que permite salir de esa sensación tan fuerte de angustia por el vacío? Pensando en la obra literaria que he podido gozar y conectándola con aquello que los cristianos estamos celebrando en estos días, la Navidad, diría que la respuesta está en el paso que dieron los Magos venidos de Oriente, quienes seguían justamente una estrella, porque sabían interpretar las señales del cielo y supieron cuándo y hacia dónde dirigirse. Pero llegado el momento, la estrella los colocó en un lugar donde ya no debieron mirar esa luz que los guiaba en el cielo nocturno, sino que inclinarse hacia un niño pequeño, envuelto en pañales, en una pesebrera, porque Aquél que los estaba llamando eligió el lenguaje humano para comunicar su mensaje y poner su morada. Para dar ese paso los grandes sabios que representan a toda la humanidad debieron inclinarse, casi diría doblar su cuerpo y reconocer la maravilla que se presenta en la vulnerabilidad de un pequeño donde late todo el cielo, resplandeciendo en la trémula piel de un niño. Así se nos revela que el vacío es aparente, porque la materia está unida por la energía del amor y los vínculos que nacen de ella llevan al ser humano a su plenitud.

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