El Fuego y el Relato

agambenGiorgio Agamben, traducción de Ernesto Kavi, Editorial Sexto Piso, Madrid, 2016.

El libro de Agamben es una colección de ensayos sobre las letras, sobre el escribir, sobre la palabra. Es un relato sobre el relato que anima al arte de relatar a través de la palabra escrita. Como siempre, en sus ensayos cortos, Giorgio Agamben es sugerente, lúcido, perspicaz e inteligente. Pasearse por estas páginas es eso, un paseo, un deleite, un gustarse en lo placentero del escribir, en la magia y el poder de las letras. Agamben habla de la “creación”, de la “poesía”, del “autor”, del “nombre”, de la “página” y todo ello desde otro lugar. Justamente ese otro lugar es el que hace de estos ensayos algo fascinante, otro lugar que inevitablemente nos recuerda a Walter Benjamin, de quien Agamben es su gran traductor al italiano. Ese otro lugar que podríamos definir como “su revés”. Mirar la realidad desde su paradoja, desde su fracaso, desde su inevitable ausencia. Eso es lo que entrelineas (el revés del revés) pude escuchar y saborear. Es como el arte de cosechar donde no se ha sembrado, tan propio de Dios. ¿Sera posible para el hombre acceder a ello? Es muy probable que no, pero el intento es tan hermoso y brillante que es como si se hiciera. Quiero insistir en esto, pues el mismo Agamben en uno de los ensayos se acerca a esta pista al presentar una nueva interpretación de la parábola del sembrador. Según Agamben, esta parábola constituye una parábola sobre la parábola. El Reino es presentado como. Él es en sí mismo una parábola, un “como si”, una semejanza. Y aquí viene el revés, esa parábola no es distinta de la realidad. No hay distancia entre la parábola y la realidad, entre el Reino y la parábola, entre el discurso y la realidad. Pero para ello hay que dar el paso al cual nos invita la parábola: nosotros mismos hacernos parábola. Para quién se haga parábola, el Reino está cerca –concluye Agamben.

Habría mucho que comentar sobre cada ensayo, como cuando define al poeta como “quien se sumerge en ese vórtice en el que todo, para él, se vuelve nombre” (Vortices, p.54) o como cuando analiza la relación entre el fragmento y la obra (idea tan benjaminiana, de lo inconcluso, lo que falta, lo desechado; el “¡revés!”) y citando a Cézanne dice que “un cuadro nunca se le termina, simplemente se lo abandona” (Del libro a la pantalla, p.73). O aun, cuando dice que el creador es aquel capaz de renunciar a su capacidad de crear, es aquel que crea no creando, resistiendo de alguna forma, siendo dueño de su propia impotencia y por eso puede definir al poeta como “aquel que es presa de su propia impotencia” (¿Qué es el acto de creación?, p.44).

¿Y Dios? Es evidente el interés al menos, de Agamben, por Dios. Por el Dios de Jesús, me atrevería a decir. Su imaginario es cristiano en cuanto la contemplación, la ascesis, el misterio, la creación, la belleza y el trabajo sobre uno mismo son temas mayores en sus ensayos. Dirá que “La felicidad última del hombre consiste en la contemplación de Dios” (Opus Alchymicum, p.93), tal vez siguiendo a santo Tomas; al trabajar la extraña conexión entre la obra del artista y el trabajo sobre sí, como si el hombre creador necesitara de su obra para cambiar, para crecer, para elevar su espíritu en vistas de esa contemplación. Agamben piensa que este vínculo es irreductible al punto que el artista que ha abandonado la obra “es un hombre sin contenido, que observa, no se sabe si complacido o aterrorizado, el vacío que la desaparición de la obra ha dejado dentro de sí mismo” (PA, p.95). Sin embargo y a diferencia de Dios, el hombre no logra hacer coincidir la obra con el trabajo sobre sí, siempre habrá un residuo de fracaso, de no logro, de falta; una fascinación, sin duda, por dicho desafío y arduo trabajo (como el caso de Rimbaud), pero que en el fondo es aburrimiento y rigidez. Cabe preguntarse si la intención de hacer coincidir ambas dimensiones que cohabitan siempre en tensión, dialogo y lucha; no es en definitiva un asesinato de la obra y una mala transmutación del propio ser. Es decir, una nueva y mala obra, porque no contiene alma. Porque está concentrada en el sí mismo perdiendo de vista su fecundidad; aniquilando la relación. Agamben toca aquí un tema teológico, pues el artista sin relación, cuya obra tampoco está abierta no consigue constituirse en un creador. Ese artista morirá lentamente; independiente de si su obra se mantiene –cosa cuestionable. Sería a través de la actividad creadora que el individuo realiza su propia relación consigo. Rasgo divino si pensamos que Dios siendo relación en sí mismo se abre a una actividad creadora como consecuencia de esa relación; obra en la cual no hace otra cosa que continuarse a sí mismo en ella (cf. Byung-Chul Han en su obra Sobre el Poder). En fin, Agamben, al final de su libro sobre la palabra, insiste en que la actividad ética por excelencia, a saber, la felicidad “pende” de la escritura, “es decir, solo se vuelve posible a través de una práctica creadora. El cuidado de sí pasa necesariamente por un opus”. (OA, p.105)

El trabajo sobre sí mismo manifestado, expresado y construido a través de una obra (y no solo) se transforma en imagen del Dios que amasa y moldea el humus de nuestro ser. El fuego y el relato son, así, elementos constitutivos de la literatura. Elementos paradójicos, dirá Agamben, pues “donde hay relato, el fuego se ha apagado; donde hay misterio, no puede haber historia” (El fuego y el relato, p.16). Al parecer la vida del hombre sería un “ir apagando los fuegos”, un camino de desilusión, sin embargo –dice también el autor, eso no dura siempre. El día penúltimo (no el último), el fuego vuelve a arder y nos quita la palabra.

Pedro Pablo Achondo Moya

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