Esteban Gumucio ss.cc.

Esteban Gumucio (2)

Como él mismo escribió en algún lado, era «un hombre con ojos de poeta y corazón de pastor»; Esteban Gumucio Vives tenía la hermosa virtud de misionar a través de la palabra, del verso fuerte y honesto. No por nada muchos de esos poemas más tarde se musicalizarían y se convertirían en cantos obligados en las liturgias chilenas. Quizás algunas de las razones que explicarían el despliegue siempre silencioso de este talento las dijera su Maestro de Novicios en 1933, cuando Esteban sólo tenía 18 años: “Tiene buena inteligencia y aplicación y puede seguir estudios superiores. Su juicio es recto; su carácter serio pero agradable lo hacen propio para la vida de comunidad. Durante todo el tiempo del noviciado ha gozado de muy buena salud, pero es un nervioso, con tendencia al sonambulismo. Ha sido buen novicio, regular, piadoso, modesto, obediente, trabajador, mas como verdadero chileno, distraído, olvidadizo y desordenado”. Son los rasgos de un artista que, sin embargo, compuso su mayor obra al servicio de los más pobres.

Nació bajo el nombre de Joaquín Benedicto el 3 de septiembre de 1914, en Santiago de Chile. Estudió en el colegio de los Sagrados Corazones de la Alameda, e ingresó como novicio de la misma congregación en 1932. Recién ahí adoptaría el nombre con el que se le conocería después y durante toda su vida; el nombre que ahora, también, llevan recintos y salas de colegios, en honor a la principal figura que los Sagrados Corazones cosechó en Chile.

Esteban Gumucio

Vivió su vida en un constante ir y venir, y convirtió en hogar distintos lugares del país como Valparaíso, La Unión y Santiago, donde fundaría la parroquia San Pedro y San Pablo en la comuna de La Granja. Llegó a ser Superior Provincial a muy corta edad. Su apariencia cansina y la fuerza convencida de sus palabras, le permitieron alcanzar en cada uno de los sitios en los que estuvo un lugar importante para la comunidad, siendo una referencia ineludible y, sobre todo, un ejemplo de servicio y pobreza. Era su intención. Y por eso, naturalmente, era fácil oírlo decir: “Que siempre nos duelan los pobres”.  Comprometido hasta la médula con esa causa, fue también un implacable defensor de los Derechos Humanos, y varios de sus poemas golpean con fuerza la docilidad con que, durante una aletargante época, Chile fue incapaz de respetarlos. La Canción Final de su Cantata de los Derechos Humanos, musicalizada por Alejandro Guarello, transmite con elocuencia el mensaje de amor que no se cansó de pregonar:

“Una ciudad yo quisiera
construida en libertad,
un mundo ancho y abierto
donde podamos amar. (…)
Quiero una patria sin miedo,
un hombre de frente en alto,
quiero que rija el derecho,
y el pueblo sea escuchado”.

Esteban Gumucio se hizo cargo de esa labor hasta el día de su muerte, un 6 de mayo de 2001. A su haber quedó ejemplo y poesía, y un proceso de beatificación que buscará, con el mismo ímpetu con el que él lucho, ponerlo en la corte de los santos.

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